Halloween para colorear acompañado de un cuento infantil es perfecto para niños que disfrutan de la magia de octubre con colores suaves y detalles kawaii. En esta página encontrarás una ilustración tierna y luminosa: Duxelina pasea de noche con una capa morada decorada con estrellitas y lunas, mientras sostiene una calabacita sonriente como si fuera una pequeña linterna amistosa.
La escena tiene todo lo que hace especial a Halloween en su versión más dulce: una luna grande, murciélagos simpáticos que parecen bailar en el cielo, y una casa cálida con ventanas encendidas que invita a sentirse acompañado. Es ideal para imprimir, colorear con tonos pastel y disfrutar de una lectura tranquila en familia.
Si te gustan los personajes adorables y las actividades para colorear con cuentos infantiles suaves, aquí comienza una historia inspirada en esta encantadora noche de Halloween con Duxelina.
Aquella noche de octubre, el cielo parecía una manta de terciopelo violeta, suave y brillante. Una luna grande, redondita y muy amable colgaba en lo alto, como una lámpara de leche que iluminaba sin prisa. Las estrellas, pequeñitas y doradas, parpadeaban como si estuvieran diciendo “hola” en secreto.
Duxelina caminaba despacito por un sendero de piedras lisas. Su pequeño cuerpo redondo de color amarillo pastel brillaba con ternura bajo la luz de la luna. Sus grandes ojitos kawaii, brillantes como caramelos, miraban el cielo con curiosidad. Su pequeño pico naranja dibujaba una sonrisa tranquila. Y en su cabecita, un rizo suave de pelito asomaba juguetón, moviéndose con la brisa.
Llevaba puesta una capa morada con lunas y estrellitas doradas. No era una capa para asustar, sino una capa de “noche bonita”. Sus alitas rosadas, pequeñas y redondeadas, se asomaban un poquito por los lados, y sus botitas rosadas hacían “tap, tap” muy suave sobre el camino.
En una de sus manitas, Duxelina sostenía una calabacita con carita sonriente. Dentro, había una lucecita tibia que brillaba como una sonrisa encendida.
—Hola, Calabacita —susurró Duxelina—. Esta noche vamos a repartir alegría.
En el cielo, unos murciélagos pequeñitos volaban cerca de la luna. No eran ruidosos ni rápidos. Volaban despacio, haciendo círculos como si estuvieran practicando un baile.
—¡Buenas noches! —les dijo Duxelina levantando un poquito su alita rosada.
Los murciélagos parecieron responder con un giro elegante, y siguieron flotando como cometas suaves. Duxelina rió bajito. Le parecían muy educados.
Mientras caminaba, la calabacita iluminaba el sendero con una luz cálida. Duxelina miraba las piedras del camino, brillantes como si guardaran pedacitos de luna. De vez en cuando, encontraba una hojita seca con forma curiosa: una parecía un corazón, otra tenía forma de estrellita.
Juntó dos hojitas bonitas y las guardó en su calabacita. —Son tesoros de octubre —dijo—. Tesoros suaves.
A lo lejos, apareció una casa grande y acogedora. Tenía las ventanas encendidas, y la luz amarilla se escapaba por los cristales como una manta calentita. Duxelina la reconoció enseguida: era la casa donde esa noche se celebraría la Fiesta de las Sonrisas de Halloween.
Se detuvo un momento frente a un arbusto y acomodó mejor su capa. Miró su calabacita sonriente y le habló como a una amiga.
—¿Lista? Hoy vamos a hacer que todos se sientan felices.
En ese instante, una lucecita pequeñita apareció cerca del suelo. Era una luciérnaga que brillaba en tono dorado, como una miguita de estrella.
—¡Duxelina! —zumbó la luciérnaga con alegría—. Esta noche tu luz se ve desde lejos.
Duxelina se sonrojó un poquito y movió suavemente sus alitas rosadas.
—Yo solo camino despacito —respondió—. Pero me gusta que la noche sea amable.
—¡Entonces te acompaño! —dijo la luciérnaga—. Podemos hacer un camino de brillitos.
Y así, Duxelina continuó con una luz dorada a su lado y su calabacita iluminando por delante. Era como caminar dentro de un cuento suave, donde todo brillaba sin prisa.
Al llegar a la casa, Duxelina vio que la puerta tenía una decoración sencilla: una guirnalda con pequeñas estrellas de papel y una luna sonriente. En el escalón, había un cuenco con caramelitos envueltos en colores pastel. Duxelina tocó la puerta con cuidado.
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—¿Puedo pasar? —preguntó con su voz dulce.
La puerta se abrió y apareció una amiguita (la dueña de la casa), con una sonrisa enorme. El interior estaba cálido y olía a galletas recién hechas.
—¡Duxelina! ¡Qué alegría verte! —dijo la amiguita—. Tu capa es preciosa.
Duxelina entró despacito, limpiándose un poquito las botitas en una alfombrita suave. Adentro, todo era acogedor.
—Traje algo para la fiesta —dijo Duxelina, levantando su calabacita.
Abrió su calabacita y sacó sus tesoros. —Esto es para el rincón de los deseos —explicó Duxelina—. Cada quien puede elegir un tesoro y pedir un deseo amable.
La amiguita aplaudió suavecito. —¡Qué idea tan bonita! Aquí los deseos son de sonrisas, de abrazos y de días tranquilos.
Poco a poco llegaron más amiguitos. Duxelina se sentó con ellos y comenzó el momento favorito: el Paseo de la Calabacita Sonriente. Cada niño tomaba la calabacita un instante, miraba su lucecita y decía una frase bonita.
—Deseo que mañana sea suave.
—Deseo jugar con mis amigos.
—Deseo que mi familia tenga un día feliz.
Cuando fue el turno de Duxelina, ella sostuvo la calabacita cerca de su pecho, miró la luz y dijo:
—Deseo que cada noche se sienta segura y cálida, como una ventana encendida.
Después comieron galletitas de luna, bebieron jugo de manzana tibio y cantaron una canción bajita que hablaba de estrellas. Cuando llegó el momento de regresar, Duxelina se puso su capa y tomó de nuevo su calabacita.
Y así, con sus botitas rosadas marcando pasitos suaves, Duxelina volvió a casa feliz, llevando en su corazón una noche de octubre llena de ternura, magia tranquila y sonrisas que brillan.
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